Dedicado a Andreita, la persona que mejor representa lo que es ser pueblo y la que me inspiró a escribir este artículo.

Si entráramos a definir qué es un pueblo es más que posible que nos saliera algún geógrafo listillo a decirnos que un pueblo es “un tipo de poblamiento con una población inferior a 10.000 habitantes”. Sin embargo, los que conocemos de primera mano el mundo rural negamos en rotundo la validez de esta definición.

Para comenzar el alegato, me voy a permitir la licencia de definir lo que es pueblo para mí. Para mí pueblo son la personas y experiencias que, lejos de ocupar un lugar físico, ocupan un lugar en lo más profundo de nosotros.

A primera vista podría parecer una descripción simple o incluso demasiado abstracta, no obstante, una vez desarrollada, se podrá apreciar con creces la notable superioridad de esta segunda definición.
Ahora tenemos dos definiciones del mismo término y por mucho que digan que las comparaciones son odiosas, vamos a permitirnos el lujo de realizarlas. En primer lugar, mientras la primera definición nos habla de la gente desde la deshumanización propia de la crueldad matemática (“menos de 10.000 habitantes”), la segunda definición pone el foco en la persona dándole un valor especial en forma de organismo completo, no como un simple fragmento, y también resaltando las experiencias fruto de las relaciones sociales humanas.

El segundo acento me gustaría ponerlo en la palabra “poblamiento”. El problema con esta palabra es que viene envenenada, porque en todas sus acepciones el poblamiento está asociado a un lugar geográfico. Esta maquiavélica asociación no se produce de igual forma en la segunda definición. Y es que, si bien es cierto que las experiencias y las personas están asociadas a un lugar estas son inmutables en el transcurso de la línea espacio temporal, no se trata de rasgos puntuales o intrínsecamente relacionados con la realidad física, sino que estas características son superiores a la geografía, a la historia e incluso a las propias personas.

Así, por ejemplo, mientras la mayoría de los pueblos de Castilla (como poblamientos) perecen al acabarse sus distintas fiestas patronales, no ocurre lo mismo con los pueblos (en el sentido metafórico de la palabra) dándose la maravillosa circunstancia de que mientas el poblamiento agoniza el pueblo vive y así lo hará siempre. Esta posibilidad de mantenerse como una comunidad perenne se debe a los rasgos constitutivos de la misma, la cultura y la psicología de los miembros del pueblo se transmiten a través de las generaciones conformando el espíritu de ese pueblo, del cual todos participamos mediante nuestra actividad humana.

A modo de conclusión me gustaría recalcar una vez más el hecho de que mientras el poblamiento muere, el pueblo vive. En la España vaciada cientos de poblamientos amenazan con extinguirse, pero es nuestro deber la preservación del pueblo, permitiéndolo avanzar hacia la inmortalidad de la historia, una historia que con nuestro caminar todos escribimos y de la que todos somos partícipes en igual medida. Y es que, todos somos pueblo.

 

Por O.R.A (@LibCastellanoSP)

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