Ayer, día 6 de enero, se pudo asistir a un suceso que quedará grabado en la historia de la democracia norteamericana. Ente gritos, el Capitolio de los Estados Unidos, edificio simbólico donde los haya, era tomado por manifestantes con el objetivo de detener la votación que ratificaría a Joe Biden como presidente del país. Estos manifestantes buscaban conseguir que Donald Trump continuase en la presidencia de los Estados Unidos a pesar de tener en contra ambas cámaras. Aquí cabe preguntarse si todo este proceso realizado por Donald Trump ha sido realmente beneficioso para el, para su escuela de pensamiento o para el Partido Republicano

El presidente Donald Trump, siempre polémico, ha alcanzado unas nuevas cotas a este respecto desde las elecciones del 3 de noviembre de 2020. Tras una noche plagada de alteraciones en los votos y complicaciones a la hora de contabilizarlos a causa del covid, del alto voto por correo y del sistema postal deficiente de Estados Unidos, Joe Biden se hacía aparentemente con la victoria de una forma holgada al menos en cuanto a delegados electorales. 

No obstante, en varios de los llamados Swing States (Georgia, Pensilvania, Wisconsin, Michigan y Arizona) el resultado fue muy ajustado, ganando el demócrata por una diferencia muy escasa, sobre todo en Georgia donde se alzó con la victoria por 11 mil votos. Ante esta situación, así como sabiendo que en varios estados habían ocurrido irregularidades, el equipo de Donald Trump se embarcó en una larga lucha por tratar de demostrar el supuesto fraude en las elecciones.

Donald Trump animando a los manifestantes.

Aquí no nos pararemos en explicar las diferentes estrategias una por una, sino que, de forma general, el presidente trató primero de reunir pruebas de fraude para que el Tribunal Supremo diese al traste con los votos reunidos a partir del día 5. Y es que a causa de la gran cantidad de voto por correo se tardaron varios días en alcanzar unos resultados fiables (encontrándose esto dentro de la legalidad vigente como en casi cualquier país). Estos votos resultaron casi en su totalidad ser demócratas, cosa no particularmente extraña pues el propio Joe Biden pidió que se votase por correo para evitar el Covid.

El equipo de Trump, encabezado por Rudy Giuliani, inició entonces un largo proceso enfocado en recabar evidencias en cada uno de los estados para presentarlas ante el Tribunal Supremo. Esto no resultó, y el alto tribunal, pese a ser de mayoría conservadora (6 republicanos contra 3 demócratas) afirmó que no se observaban indicios claros del “fraude masivo” que alegaba Giuliani. Así, el 12 de diciembre se publicaba una breve sentencia que acababa con la vía legal para el mantenimiento de Trump como presidente. 

Esta declaración había venido rodeada de otra serie de afirmaciones, incluso de férreos trumpistas, que negaban la existencia de un fraude probado. William Barr, secretario de justicia y tal vez uno de los más convencidos pro Trump de Washington, se vió obligado a reconocer, tras realizar una investigación, que no había encontrado pruebas claras de fraude más allá de fallas anecdóticas y relativamente habituales en cualquier sistema electoral. Trump afirmó que se equivocaba y zanjó ahí el problema, no volviendo Barr a pronunciarse.

Peor suerte corrió Chris Krebbs, jefe de la ciberseguridad del país, pues, pese a ser un férreo republicano, afirmó que no podía detectar pruebas de fraude al menos en los sistemas informáticos presentes en el “auto-ballot”. Esta declaración le valió un despido que fue anunciado por el presidente a través de Twitter el día 18 de noviembre.

Pese a estos varapalos, así como la incapacidad de probar el fraude, la estrategia de Trump iba funcionando al menos en parte. A principios de diciembre el 77% de los votantes de Trump creía que había habido fraude y muchos cargos del Partido Republicano, pese a en un comienzo haber aceptado a Biden, cambiaban ahora de bando ante el clamor de sus votantes, sobre todo los nuevos congresistas de primer mandato escogidos durante la era Trump.

Trump comenzó entonces a urdir otra estrategia, mucho menos directa pero tal vez más funcional. Tratar de dividir las cámaras a la hora de aceptar las listas de electores.

Cabe recordar aquí que en las elecciones americanas no se vota directamente a los candidatos sino a representantes de cada estado que luego, tras haber sido aprobados por el Senado y el Congreso nacionales, votan al presidente. Hete aquí donde se encontraba la estrategia, producir una quiebra en el sistema por el cual estos electores son ratificados.

La Cámara de Representantes (Congreso) fue ganada por los demócratas, por lo que poco podía obtener allí más allá de un apoyo moral. El Senado, por otra parte, es de mayoría republicana (o lo era hasta ayer cuando tras una segunda vuelta en Georgia se igualaron los senadores) por un escaso margen de 1 escaño, 51 contra 49 para ser exactos. La ley electoral de 1948 establece que ambas cámaras deben ratificar de forma conjunta a los electores o el presidente del senado (Mike Pence en su función de vicepresidente del país) podría dar por no válidas las listas que no fuesen ratificadas por ambas instituciones, dando al traste así con muchos de los electores de Joe Biden.

Y así comenzó Trump su estrategia, tratando de convencer al mayor número posible de senadores de que votasen en contra de las listas demócratas de los estados disputados. No obstante, aquí se topó con un gran oponente, Mitch McConnell, un anciano de 78 años. Este viejo senador de Kentucky lleva asentado más de 30 años en el Senado, habiéndose convertido en el líder de la bancada roja desde el año 2007. McConnell, si bien en un comienzo apoyó a Trump, tras el varapalo judicial declaró que ratificaría a los electores de Biden en la sesión del 6 de enero. Con él, fueron buena parte de los senadores republicanos, afirmando que la lucha por las elecciones sencillamente se había acabado y que Trump debería abandonar.

Mitch McConnell, senador republicano

Ante esta situación Trump cometió un gran error, comenzar a amenazar a los senadores con presentar a sus propios candidatos en las próximas elecciones para que perdiesen el escaño. A través de mítines y redes sociales, así como la difusión de números de teléfono de varios cargos electos, se buscaba intimidarlos para que se negasen a aceptar las listas demócratas. 

Pese a estas intenciones, ocurrió todo lo contrario, y los senadores enfurecieron, considerando que esto era inadmisible y se aglutinaron alrededor de McConnell. Tras eso, sobre todo a partir de este 1 de enero, el Senado votó en contra de varias de las normativas de Donald Trump , posiblemente como respuesta a estas amenazas, pues habían apoyado casi en todo momento previo al mandatario. Asimismo, varios senadores han afirmado que el presidente estaba realizando acciones amorales e incluso contrarias a la constitución, ganándose el desprecio de buena parte de la élite política conservadora de los Estados Unidos.

En este momento casi todo parecía perdido, al menos hasta que Ted Cruz vino al rescate de Trump. Cruz en un senador de origen hispano actualmente electo por Texas. En 2016 se presentó a las primarias republicanas, quedando segundo tras el neoyorkino. Cruz consiguió reunir a otros 11 senadores y conjuntamente plantear una medida más centrada. Aceptarían las listas de Biden si se iniciaba una investigación de urgencia sobre el resultado de las elecciones encabezada por el Tribunal Supremo y el Congreso. Cruz esperó hasta el día 2 de enero para presentar esta propuesta, posiblemente considerándose como el sucesor natural de Trump y poder, gracias a este apoyo final, obtener un rédito electoral para su futura campaña en las primarias. 

Asimismo, Trump esperaba que Pence, aprovechando su capacidad como presidente del Senado, si la propuesta de Cruz no tenía fuerza, pudiese rechazar de forma unilateral las listas por no estar “legalmente validadas”. Este plan, la llamada “Pencecard”, resultaba bastante estrambótico, pues la validación legal de esa acción era escasa y podía acarrear repercusiones muy serias para Mike Pence. 

Así, este día 6, durante la sesión de validación de los electores, Pence afirmó que no haría tal cosa, causando que los manifestantes de la puerta( pro Trump convocados por el mandatario) cargasen hasta el interior del edificio para parar las votaciones. Esta actuación parece que ha condenado cualquier esperanza de Trump de poder, ya no sólo ganar, sino tener peso en el partido republicano en el futuro. 

Casi todos los cargos, tanto republicanos como demócratas, han condenado estos disturbios y han exigido orden a los trumpistas de los alrededores. Grandes apoyos de Trump como Pence o Barr le han dado la espalda tras esta jornada, que ha sido un serio golpe moral a la democracia americana, llegando a exigir Pence, a través de sus redes sociales, penas de cárcel para los participantes. Igualmente, apoyos tibios como los de Ted Cruz se han esfumado de repente, pidiendo este último respeto hacia las instituciones de gobierno y exigiendo, al igual que el vicepresidente, penas de cárcel.

Tras la expulsión de los manifestantes del Capitolio la sesión se reanudó, pero con un ambiente enrarecido. El resultado ha sido más que claro, 93 senadores reconociendo las listas de Biden contra 7 que no.

Y de esta forma cae el trumpismo en Estados Unidos. Si simplemente se hubiese perdido la presidencia, con un Trump que acepta los resultados, aunque de mala gana, la herencia hubiese continuado viva entre los republicanos. No obstante, el enfrentamiento de Trump con los cargos electos, así como estos últimos acontecimientos, han empañado y ensuciado la imagen de la presidencia de Donald Trump. Tras su marcha es más que posible que el partido sea purgado de aquellos pertenecientes a la vertiente trumpista, pues la política de no rendirse ante ninguna circunstancia y, sobre todo, amenazar a senadores y congresistas, ha tenido como consecuencia el debilitamiento de su corriente de pensamiento entre los conservadores. Es más que posible que, en los próximos meses, posiblemente al acercarse las elecciones del “Midterm” dentro de año y medio, muchos cargos republicanos, congresistas de planteamientos trumpistas principalmente, comiencen a verse ninguneados dentro de la estructura del Partido Republicano. Y es que el partido, con la ida de Trump, la caída en desgracia de Mike Pence y William Barr, ha quedado al mando de republicanos de la vieja guardia como Mitch McConnell en el Senado, o Kevin McCarthy en el Congreso, que nunca se han mostrado particularmente pro Trump, sino más bien todo lo contario.

 

Por Yoel Meilán Pena

Fotografía de: Bussiness Standard

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