De un tiempo a esta parte, diferentes fuerzas políticas –así como sectores afines de la sociedad civil– han reactivado un concepto que, al menos en el caso español, muchos creíamos condenado al ostracismo de los diccionarios y los libros de historia: la categoría de golpe de Estado. En este sentido, el término “golpista”, el cual ha sido objeto de un proceso de desvirtuación progresiva, ha pasado de nombrar una realidad concreta –“la acción de derribar a un gobierno constitucional” (Deich, 2016:121)– a convertirse en una suerte de arma arrojadiza con la que calificar y, de esta forma, denigrar al enemigo político.

Mi objetivo en este artículo no es constatar lo evidente –es decir, el mal uso gramatical al que sistemáticamente es sometido el concepto en cuestión–, sino reflexionar sobre algunas de las principales dimensiones del fenómeno, de manera que podamos conocerlo más de cerca. Vayamos, pues, por partes.

¿Para qué se perpetra un golpe de Estado?

Lo primero que debemos saber es que un golpe de Estado es un medio para un fin. Es decir, el golpe, entendido –como ya se ha señalado en la introducción– como el acto de derribar a un gobierno constitucional, tiene sentido en la medida en que está dirigido a un objetivo determinado: conquistar o perpetuarse –en el caso de un autogolpe– en el poder político. Esta noción, a su vez, nos permite establecer una distinción entre golpe de Estado y Revolución, fenómeno que, frente al primero, busca transformar, no solo las relaciones políticas, sino también la estructura socioeconómica que apuntala un determinado statu quo (Moreno y Figueroa, 2019:152-153).

¿Quién lo lleva a cabo?

En este apartado se antoja necesario distinguir entre dos tipos de golpes de Estado: por un lado, los golpes tradicionales o clásicos, en los que el autor clave es el ejército, y, por el otro, los golpes suaves –o neogolpes según Moreno y Figueroa (2019)–, en los que la autoría acostumbra a distribuirse entre tres actores: el parlamento, la institución judicial y, de forma complementaria, la presión ejercida desde ciertos sectores de la sociedad civil (Moreno y Figueroa, 2019). Este cambio de autoría –surgido con el nuevo siglo– responde a la necesidad de deshacerse del descrédito social que causaba la modalidad militar, un método del todo impropio para las nuevas sociedades globalizadas de la información.

¿Cómo se desarrolla?

Según Ramón Dugarte (2020), un golpe de Estado es, entre otras cosas, un acto ilegal, violento y planificado que se desarrolla en un tiempo breve. No obstante, como el propio autor reconoce, el cambio de estrategia producido con la llegada del nuevo siglo ha supuesto una alteración en los patrones de desarrollo del fenómeno. En este sentido, encontramos que, con el paso de los golpes duros a los golpes blandos, cambio mediante el cual se busca revestir de legitimidad el acto de deposición gubernamental,
el desarrollo material de los golpes ha variado en dos de sus notas características: por un lado, la violencia ha quedado apartada, y, por el otro, su desarrollo –ahora más sutil– se ha visto dilatado en el tiempo.
Para concluir, si bien la modificación estratégica ha producido un cambio tanto en los actores como en el procedimiento mediante el cual se llevan a cabo los golpes de Estado, el acto en sí ha mantenido intacta su esencia: tomar o mantener el poder político por vías antidemocráticas.

Por Antonio Cerecedo Alberte

Fotografía de: Wikimedia commons

 

Referencias bibliográficas

Deich, F. (2016): “Golpe de Estado: aproximaciones al concepto, definiciones y tipología”, en F. Pedrosa y F. Deich, comps., Herramientas para el análisis de la sociedad y el Estado, Buenos Aires, Eudeba.

Dugarte, R. (2020): “Elementos constitutivos del golpe de Estado: una propuesta de su mínimo común denominador”, Encuentros. Revista de Ciencias Humanas, Teoría Social y Pensamiento Crítico, 12, pp. 101-112.

Moreno, O. y C. Figueroa (2019): “Golpe de Estado y Neogolpismo en América Latina”, Revista Debates, 13(1), pp. 150-172.

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