Durante aproximadamente una década, la inhóspita aldea somalí de Eyl fue considerada la capital mundial de la piratería marítima. Situada a 800 kilómetros al norte de Mogadiscio, en un enclave costero en la remota región de Puntlandia, Eyl creció al amparo de clanes tribales y milicia islamistas que, ante la inaccesibilidad y el desgobierno que imperaba en la zona, vieron en esta aldea un efectivo centro de operaciones para abordar naves en alta mar. Con el paso del tiempo, recibiendo descomunales ingresos a raíz de la piratería, lo que según los pocos viajeros que pudieron adentrarse en la zona fue una aldea olvidada, destartalada y con una economía de subsistencia, pasó a ser la población con mayor renta per cápita del país. Transitada por todoterrenos, gente ataviada con elegante trajes, ordenadores portátiles y móviles de última generación, Eyl escribió sus letras más allá del mapa de Somalia, llegando sus redes a los elitistas bufetes de abogados británicos y estableciendo complejas conexiones con Europa. Pasados los años, una vez erradicada la piratería en las aguas del Índico, cabe preguntarse cuál fue la verdadera influencia de este secreto enclave y cuál es su situación actual, ¿seguirá operando la que fue la isla tortuga del siglo XXI?.

Somalia es un país situado en el llamado cuerno de África, limita en su frontera norte con Etiopía y Yibuti y por el sur con Kenia. Se trata del país africano con mayor franja costera, alcanzando los 3000 kilómetros, lo cual le ha permitido desarrollar históricamente un fructífero comercio con Oriente Próximo y, más actualmente, implantar el paso obligado hacia el canal de Suez. A pesar de su enorme relevancia estratégica, Somalia no ha conseguido implantar una economía estable debido a una inestabilidad territorial y gubernamental que ha lastrado su desarrollo durante los últimos 30 años.

Mapa de Somalia

Desde que en 1991 triunfara el golpe de estado contra el gobierno de Mohamed Siad Barre, el estado de Somalia dejó de existir como tal, convirtiéndose en una amalgama de territorios controlados por clanes tribales y milicias islamistas que permeaban todo intento de control desde el ejecutivo en Mogadiscio. El estado se partió en tres grandes territorios (ninguno de ellos reconocido como estado hasta el día de hoy), Somalilandia al norte, Jubalandia al sur y lo que anteriormente fue la Somalia italiana, donde se encontraba la capital y el poder ejecutivo.

Actualmente Somalia es una República Federal, con un gobierno transitorio intervenido por las Naciones Unidas, la Unión Africana y Estados Unidos. Actualmente, pese a los esfuerzos de la Comunidad Internacional en reconocer al estado de Somalia como tal, el país se encuentra dividido en cuatro territorios, tres de ellos autónomos y cuya suma ocupa una gran parte del país.

En base a esta compleja situación, con un territorio dividido sin autoridad efectiva, y con una alta incidencia de terrorismo yihadista de la mano de su filial en el país (Al Shabab), Somalia ha pasado a ser denominado como “el estado más fallido de África”, donde la forma de gobierno en gran parte del territorio es sencillamente anárquica. Este desgobierno dio pie a un crecimiento exponencial de actividades delictivas, siendo una de las más célebres la piratería marítima.

Hay dos factores clave para entender la incidencia que llegó a alcanzar la piratería en Somalia, el primero de ellos es económico y el segundo territorial. Con una tasa de analfabetización de un 60%, una economía de subsistencia y descentralizada y un exiguo control del gobierno más allá de los límites de la capital, Somalia ha sido un terreno fértil para la economía sumergida en forma de contrabando de personas, recursos energéticos como el carbón, tráfico de drogas y durante dos décadas para la piratería marítima.

En un país donde el sueldo anual no alcanza los 600 euros, la media de ingresos por rescate de cada tripulación capturada oscila entre los 250.000 y el millón de euros, generando un lucrativo negocio que genera incontables trabajos indirectos y un potente imán laboral para la desamparada población somalí. Por poner un ejemplo concreto, un simple traductor puede cobrar 5000 euros sólo por subir al barco secuestrado y hablar con los rehenes.

Piratas Somalíes

Por otro lado es importante señalar que el Gobierno de Somalia no controla el mar, no se paga un tributo por faenar en las teóricamente aguas territoriales de Somalia, lo que las convierte en una especie de terreno sin ley donde cada buque queda abandonado a su suerte. De esta manera los piratas justificaban los abordajes como una especie de tributo a pagar por pasar por “sus aguas”.

Eyl fue adquiriendo poco a poco el papel de centro de operaciones de las incursiones marítimas. Durante la década del 2000, y con más incidencia entre 2008 y 2011, era común que parte de la población de la aldea fueran rehenes extranjeros. Con las descomunales ganancias de los rescates los piratas comenzaron a construir lujosas casas y abrieron todo tipos de negocios de hostelería y ocio, dinamizando una economía que, aunque totalmente dependiente de la piratería, empezaba a diversificarse de manera fulgurante.

Los abordajes en alta mar crearon gran cantidad de trabajos indirectos más allá del propio oficio filibustero. Negociadores, contadores, traductores, médicos…, la fuerza centrífuga de Eyl atraía cada día más empleos. En la aldea los rehenes consumían en los restaurantes, donde las mujeres les preparaban la comida y les custodiaban. Por otro lado, los más jóvenes se encargaban de vigilar los entornos para dar la voz de alarma en caso de alguna incursión sospechosa, buscando sumar el favor de alguno de los piratas para poder “trabajar” con ellos. En un país con una economía en ruinas Eyl comenzó a ser receptor de emigrantes en búsqueda empleo, cuya remuneración superaría con creces lo que podrían encontrar en cualquier otro rincón del Estado.

Los desorbitados beneficios de la piratería generaron una compleja red donde no sólo actuaban los piratas y sus asalariados. Poco a poco fueron entrando en escena células yihadistas, señores de la guerra y clanes que dominaban algunas partes del territorio. Es destacable la colaboración que los piratas establecieron con Al Shabab, la filial del ISIS en Somalia, llegando estos últimos a ofrecerles protección y la posibilidad de fondear los barcos secuestrados en los puertos de sus ciudades. La agencia Reuters descubrió uno de estos casos de colaboración en 2011, en el cual varios líderes piratas alcanzaron un acuerdo con Al Shabab para fondear sus barcos en la localidad de Harardhere, todo a cambio del 20% de los rescates obtenidos.

Pero todo cambió en 2012, año en el que los piratas tuvieron que replegarse ante la ofensiva de la Operación Atalanta, una misión naval y aérea promovida por la UE y con apoyo de la OTAN cuya misión es controlar el paso del cuerno de África. A esto hay que añadir las medidas de seguridad que empezaron a emplearse en los buques mercantes y pesqueros, los cuales empleaban seguridad privada e incluso militares armados, y finalmente los inestables pactos con los yihadistas, que poco a poco fueron dejándoles más desprotegidos. Esta situación creó un importante desplome de los ingresos en la región, y aunque en 2016 hubo algunos abordajes esporádicos, nunca se volvieron a realizar las operaciones del periodo 2008 – 2012.

La piratería en el Índico dejó un balance de aproximadamente 700 ataques a barcos mercantes, algunos de ellos de gran tamaño como el Sirius Star o el emblemático Maersk Alabama, cuyo abordaje fue llevado a la gran pantalla con el sobrenombre de “Capitán Phillips” en 2013.

Actualmente Eyl es un enclave que vive entre un pasado de abundancia y derroche y un presente decadente y ruinoso. La desaparición de la piratería ha vuelto a situar esta remota aldea en la mísera realidad de Somalia, un pueblo que lucha por recuperar su identidad y dejar de ser un “país sin Estado”. Este año 2020 puede ser definitivo en la lenta reconstrucción del estado somalí, con unas elecciones al parlamento a finales de año que pueden ser determinantes para apuntalar la frágil estabilidad del país, Somalia mira hacia un futuro incierto sin curar aún las cicatrices de un oscuro pasado yihadista y filibustero.

Por Matías Reimers Lococo

Fotografía de: Business Insider

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