Es un lugar común definir la política como aquella actividad colectiva destinada a gestionar los conflictos sociales mediante la adopción de decisiones vinculantes. Es decir, dado que somos seres sociales que profesan intereses dispares, toda comunidad humana que desee perpetuarse necesitará dar respuesta, mediante la política, al problema del desorden social. Ahora bien, ¿cómo llegan los actores políticos –individuales y colectivos– a regular los conflictos?, o, más concretamente, ¿qué permite cristalizar y, a su vez, sostener los diferentes acuerdos y decisiones políticos? La respuesta, a menudo implícita en las diversas definiciones del término, es en el fondo sencilla: el poder, cuyo uso constituye la materia prima de las relaciones políticas.

Primera Cara

Dada su importancia y centralidad en el campo de lo político, el concepto de poder ha sido objeto de múltiples y acalorados debates, entre los cuales, no obstante, cabe destacar uno sobre el resto: el que trata sobre las diferentes formas de manifestación del poder político. Se trata de un debate con nombres y apellidos, cuyo desarrollo nos permite distinguir entre “tres niveles de intervención política, que van de lo más visible a lo menos perceptible” (Vallès, 2006:37).

Cabe situar el punto de inicio en 1957, cuando Robert Dahl, en un conocido artículo –“The concept of power”–, sistematiza el concepto de poder en los siguientes términos: “A tiene poder sobre B en la medida en que puede lograr que B haga algo que de otra manera no haría” (1957:202-203). Desde esta perspectiva, el poder constituye un fenómeno relacional y observable, pues solo existe en la medida en que A obliga a B, algo que, en el campo de la política, se manifiesta (visiblemente) en la toma de decisiones.

Segunda Cara

No obstante, no será hasta 1962 cuando, mediante la publicación de una crítica del trabajo de Dahl –“Two faces of power”–, Peter Bachrach y Morton Baratz iniciarán, en sentido estricto, el debate sobre las diferentes formas de manifestación del poder político. Tachando de reduccionista la postura de Dahl, estos autores argumentan que, además de decisiones políticas, el ejercicio del poder también es susceptible de cristalizar en forma de no-decisiones. Es decir, frente a la primera cara del poder, en la cual éste únicamente se manifestaba en la toma de decisiones políticas, la segunda cara reside en la capacidad que tienen los actores para evitar que un determinado conflicto sea objeto de decisión pública. En este sentido, parece lógico concluir que los diferentes actores políticos movilizarán sus recursos para tratar de, por un lado, politizar los conflictos de intereses que les beneficien, y, por el otro, expulsar (o vetar) de la agenda pública aquellos que les perjudiquen.

Tercera Cara

Finalmente, será en la década posterior –en concreto en 1974– cuando Steven Lukes, mediante la publicación de “Power: A radical view”, acabe de fijar los términos de este debate. Mediante una postura cercana a la noción gramsciana de hegemonía, este autor define la tercera dimensión del poder como aquella que “consiste, no en prevalecer sobre la oposición de los demás (primera dimensión del poder), ni en imponer una agenda sobre ellos (segunda dimensión del poder), sino en influir sus deseos, creencias y juicios de manera que vayan en contra de sus intereses” (Hayward y Lukes, 2008:6). Es decir, aquí de lo que se trata es de construir las preferencias del adversario, para, de esta forma, sumergir el conflicto de intereses en un estado latente.

Ilustremos el debate con un ejemplo: supongamos que en un país X con una legislación laboral Y se produce un conflicto de intereses entre trabajadores y empresarios. En este sentido, los primeros luchan por modificar dicha legislación, a la cual culpan de la precarización creciente de sus empleos. Los segundos, por el contrario, defienden su mantenimiento, pues arguyen que les aporta la flexibilidad que necesitan para competir en un contexto cada vez más globalizado.

Ahora supongamos que, una vez constatada la existencia de dicho conflicto, ambos colectivos, mediante sus organizaciones de representación –sindicatos y patronales–, presionan al gobierno de turno en aras de la promoción de sus respectivos intereses. En este sentido, parece razonable concluir que, en el caso de que se impongan los trabajadores, el resultado será una decisión política de la autoridad competente (A) que obligue a los empresarios (B) a adoptar unas condiciones laborales más favorables para los trabajadores (primera cara del poder). Por el contrario, si es el empresariado quien consigue imponer sus intereses, el resultado será la no politización del conflicto –esto es, una no-decisión que dejará las cosas tal y como estaban (segunda cara del poder).

Por último, cabe preguntarse: ¿Cómo se manifestaría en este ejemplo la tercera cara del poder? Dada la diferencia de recursos, parece coherente señalar que la vía más probable será la influencia de los empresarios sobre las preferencias de los trabajadores mediante un agente de socialización que, hipotéticamente, estaría a su disposición: los medios de comunicación. De esta forma, haciendo que los trabajadores no perciban la flexibilidad laboral como un problema, sino como un efecto lógico, necesario e, incluso, inevitable del “progreso”, los empresarios lograrían desactivar el conflicto de intereses.

En definitiva, si algo hemos aprendido de este debate es que el poder es susceptible de manifestarse (al menos) de tres formas diferentes: decisión, no-decisión y construcción de preferencias. En este sentido, toda estrategia política que aspire a ser ganadora deberá considerar el poder potencial –tanto propio como ajeno– en todas sus dimensiones, pues, si bien la manifestación de algunas –la segunda y la tercera– puede ser imperceptible, no por ello sus efectos son menos “reales”.

Por Antonio Cerecedo Alberte.

Fotografía de : Enmara

Bibliografía

Bachrach, P. y M. Baratz (1962): “Two faces of power”, The American Political Science Review¸56(4), pp. 947-952.

Dahl, R. (1957): “The concept of power”, Behavioral Science, 2(3), pp. 201-215.

Hayward, C. y S. Lukes (2008): “Nobody to shoot? Power, structure, and agency: A dialogue”, Journal of Power, 1(1), pp. 5-20.

Lukes, S. (1974): Power: A radical view, Londres, MacMillan.

Vallès, J. (2006): Ciencia Política. Una introducción, Barcelona, Ariel.

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