Desde que en diciembre de 2010 arrancara la Revolución de los Jazmines, cuyo germen desencadenaría la denominada “Primavera árabe” por todo el Magreb y parte de Oriente Medio, Túnez se ha convertido en un referente para el mundo árabe con una transición pacífica y consensuada. Dicha transición ha sido amparada por una sociedad civil activa, organizada y, aunque eminentemente musulmana, con un panel de moderación muy por encima de los países de su entorno, ingredientes que han permitido que sea el único país donde ha perdurado la esencia del levantamiento popular del año 2011. No obstante, pese a todos estos logros, Túnez ha encontrado numerosos obstáculos en el camino hacia la paz y el progreso, el último de ellos la pandemia del covid-19, la cual ha golpeado con fuerza el mayor motor de su economía, el turismo. ¿Será capaz la sociedad tunecina de superar este nuevo obstáculo?.

Túnez es un país homogéneo, con escasos recursos energéticos (a diferencia de sus países vecinos), lo cual ha provocado que sea dependiente de hidrocarburos y una excepción dentro de la región donde se ubica. Es el país más pequeño del Magreb, con una población que abarca aproximadamente el 13% de la población total de la región, concentrando los mayores núcleos urbanos en la franja mediterránea del norte del país. Posee una economía diversa, con un enorme peso de la producción agrícola y una alta dependencia del turismo, sector que ha sido fuertemente golpeado a lo largo de los últimos años por la inestabilidad de la zona y muy recientemente por la pandemia del covid-19. Se trata de un estado cuya población es mayoritariamente musulmana (99%), donde las mujeres disfrutan de unas libertades difíciles de encontrar en el resto del mundo árabe. Ejemplos como el derecho al divorcio, al aborto, a postularse a cargos públicos o a la creación de empresas colocan a la nación norteafricana como uno de los países más liberales del Magreb y de Oriente Medio.

Foto de: Depositphotos

Pese a que Túnez ha sido un territorio habitado desde la antigüedad (como muestran los innumerables yacimientos fenicios, romanos, bizantinos, bereberes, almohades… y un largo etcétera) fue su independencia de Francia en 1956 el punto de partida sobre el que se entiende su devenir hasta la actualidad. Durante treinta años el país fue gobernado por Habib Bourguiba, un abogado activista pro independencia sobre cuyo liderazgo se proclamó la República de Túnez en 1957, expulsando finalmente  a los franceses en 1963 y expropiando las últimas tierras de los colonos extranjeros en 1964. Tras pasar por varias etapas en las que el gobierno de Bourguiba alternó políticas socialistas y de apertura económica favoreciendo el desarrollo del sector privado, en 1987 triunfó un golpe de estado comandado por Zine El Abidine Ben Ali.

Ben Alí mantuvo el poder al mando de su partido (Agrupación Constitucional Democrática) e instaurando un régimen autoritario que, aunque formalmente multipartidista, era considerado internacionalmente como dictatorial. Pese a que Ben Ali se esforzó en trazar lazos con occidente y sus países vecinos, ofreciéndose para controlar la emigración clandestina o como uno de los impulsores de la Unión Árabe del Magreb, durante veinte años instauró una política clientelar que protegió con una elevada represión política y policial, desencadenando un levantamiento contra su gobierno a finales de 2010 y provocando su exilio y la caída de su régimen a mediados de enero de 2011.

Ben Alí

A partir de ese momento empieza una lenta etapa de transición en el país que perdura hasta la actualidad. Durante este largo proceso se han celebrado dos elecciones presidenciales, siendo las más recientes en septiembre de 2019, momento en el que la población empezaba a requerir ciertos cambios en la élite política ante la precaria situación económica y el avance de la inestabilidad en la región.

En relación a la situación económica, Túnez no ha sido capaz (pese al apoyo de occidente) de estabilizar una economía lastrada por las incertidumbres posrevolucionarias y por puntuales ataques terroristas (destacando el atentado de Sousa, donde fallecieron 72 personas en 2015). Debido a la fragilidad de su economía, el gobierno ha tenido que controlar la inflación en contraposición al crecimiento, lo cual ha derivado en un mercado laboral estancado y la mayor tasa de paro juvenil del Magreb (alcanzando más del 40% en 2015).

Atentados Túnez

Por otro lado, la inestabilidad regional ha golpeado con fuerza en el país debido a su ubicación. Situado en el centro geográfico del Magreb y bordeado por Argelia y Libia, Túnez ha sido un blanco fácil para las células islamistas que proliferan en estos dos estados, incapaces de controlar sus fronteras del sur. Asimismo, son habituales las injerencias desde estos dos países de diferentes grupos islamistas, que se han comenzado a asentar en los lindes de la frontera de Túnez con Libia desde donde habitualmente amenazan la seguridad nacional y la estabilidad gubernamental.  Asimismo, el colaboracionismo de buena parte de las autoridades fronterizas, sea por afinidad ideológica o mera corrupción, ha producido que se haya observado un creciente número de yihadistas dentro del país. Asimismo, la población, si bien menos radicalizada que en otros lugares del Magreb, ha mostrado una tendencia creciente a apoyar el yihadismo. Así, de acuerdo con datos oficiales más de 3000 ciudadanos tunecinos se habían sumado a la yihad en el 2015, siendo la cifra ahora aún mayor, si bien no concretada.

En torno a este complejo contexto se desarrollaron las elecciones de 2019, marcadas por una elevada abstención (48,98% de participación en la primera vuelta) y un gran apoyo a candidatos populistas y antisistema independientes y al margen del sistema político, generando una interrupción del sistema existente hasta el momento. Fue en la segunda vuelta de estas elecciones cuando se eligió a Kaïs Saied como nuevo presidente del país, con el cual parecía abrirse una nueva etapa en el proceso de transición.

Aparte del abandono de ciertas prácticas llevadas hasta el momento, la gran apuesta de la nueva élite política era económica, esfera de vital importancia para la frágil estabilidad del país. No obstante, en Febrero de 2020 la pandemia del covid-19 provoca una hibernación económica a nivel mundial, atacando con fuerza al sector servicios, el cual en 2019 aportaba hasta un 14% del PIB de Túnez y que ya arrastraba una enorme fragilidad desde los atentados yihadistas de 2015. Debido a la situación excepcional provocada por la pandemia, los ingresos por turismo en los ocho primeros meses del año 2020 han disminuido hasta un 60%, acercando el fantasma de la bancarrota y asentando unas bases aún más inestables para la transición democrática del país.

Las palabras del ministro de Finanzas, Nizar Yaize, no eran alentadoras. Definió la situación macroeconómica como “muy delicada” y predijo un déficit en 2020 del 9% del PIB, alcanzando una deuda externa del 85% del PIB y obligando con ello a renegociar los plazos y condiciones para hacer frente a todos los pagos. No obstante, a pesar de todo este marco económico, Túnez se ha convertido en un ejemplo de buena gestión del virus, teniendo una incidencia menor que en cualquier país europeo y figurando en la selecta lista de países seguros para la UE.

En base a este complejo escenario económico y político que atraviesa el país es difícil estimar cuando se dará el paso final hacia la ansiada estabilidad democrática. Los últimos acontecimientos en la esfera política tampoco son alentadores, con un escenario político polarizado y un Parlamento altamente fragmentado que dificulta la cristalización de pactos y consensos. El horizonte lo marca la votación del nuevo Ejecutivo en el Parlamento encabezado por Hichem Mechichi, un tecnócrata dispuesto a combatir la corrupción endémica del país que se postuló tras la dimisión del jefe de Gobierno, Elías Fajfaj.

Del resultado de esta votación y de la evolución de la pandemia (y en consecuencia de la economía) depende que la transición sea más o menos fructífera. Teniendo en cuenta que si no se lograra sacar adelante el nuevo ejecutivo se convocarían elecciones anticipadas, las encuestas señalan que se alzaría con la victoria Abir Mussi, exdirigente del partido fundado por el difunto dictador Ben Ali, acercando una vez más la sombra del pasado sobre el nuevo devenir del pueblo tunecino.

Por Matías Reimers Lococo

Fotografía de: Fotosearch

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