De un tiempo a esta parte –en el caso español, concretamente, desde la irrupción política de Podemos (2014)– el concepto de “populismo” ha pasado de estar en los márgenes a situarse en el centro del discurso político. Ya sea en el debate público –mediático o parlamentario–, o en la discusión privada –familiar o con amigos–, hablar de política sin aludir, para bien o para mal, al fenómeno populista se ha convertido en una tarea (casi) imposible. Simplificando: “populismo” es hoy una palabra en boca de todos.

Dada su omnipresencia discursiva, pudiera parecer lógico inferir que dicho término es utilizado correctamente. Nada más lejos. Como ocurre más a menudo de lo que nos gustaría admitir, la categoría populismo constituye un ejemplo paradigmático –y, dada su centralidad, harto problemático– de lo que Giovanni Sartori (2002:294) ha convenido en denominar “conceptual stretching” (estiramiento conceptual), un fenómeno que da cuenta del vaciamiento del significado que sufren las palabras a raíz del mal uso sistemático de las mismas. En el caso del término populismo, no es difícil encontrar la causa o, más bien, momento de aplicación errónea: me refiero, claro está, a su uso casi universal como arma política arrojadiza, a raíz del cual todo es susceptible de ser populista, y, al mismo tiempo, ser populista no significa absolutamente nada.

Llegados a este punto, parece válido (e incluso necesario) formularnos la siguiente pregunta: ¿qué es el populismo? Si bien las diferentes aproximaciones tienden, en mayor o menor medida, a converger en lo que a la función del concepto se refiere –dividir el terreno sociopolítico: pueblo vs. élites–, presentan una marcada divergencia en cuanto a la “naturaleza” del mismo. En este sentido, grosso modo, cabe distinguir entre dos grandes enfoques que pugnan por tomar el significado de dicho concepto: por un lado, una visión esencialista según la cual el populismo es una ideología, y, por el otro, una perspectiva instrumental que, por el contrario, categoriza al populismo como una estrategia discursiva. Pronto entraremos de lleno en materia, sin embargo, como nota introductoria, se antoja necesario señalar dos consideraciones preliminares: el populismo (1) no constituye un fenómeno nuevo[1], (2) ni tampoco equivale a demagogia. Es importante fijar bien esto último, pues superar este prejuicio constituye el punto de partida para una correcta comprensión del fenómeno populista.

En primer lugar, cabe señalar la visión ideológica, según la cual, como el propio nombre nos indica, el populismo estaría conformado por una serie de ideas y prácticas direccionadas hacia la consecución de una serie de objetivos. En concreto, para los teóricos de esta corriente, el populismo es una “ideología que considera que la sociedad está, en última instancia, separada en dos grupos homogéneos y antagónicos, ‘el pueblo puro’ contra ‘la élite corrupta’, y que argumenta que la política debería ser una expresión de la volonté générale (voluntad general) de la gente” (Mudde, 2004:543, citado en Mudde, 2017:29). Como podemos observar, según esta definición, los populistas son aquellos que creen en y luchan por una división moral de la sociedad en dos bandos enfrentados: “el pueblo puro” y “la élite corrupta”. Desde esta perspectiva, las consecuencias o, mejor dicho, los objetivos ideológicos se tornan nítidos: el populismo es una ideología que trata de abolir las estructuras políticas y jurídicas de la arquitectura democrático-liberal –esto es, el sistema de representación y el estado de derecho, respectivamente.

Frente a esta concepción, se opone una crítica según la cual el programa de acción que hipotéticamente emanaría de dicha ideología sería, por un lado, incompleto, pues nada se dice sobre el contenido de la volonté générale, y, por el otro, incoherente, pues, dado que de facto existen diferentes tipos de populismo, cabrá encontrarse con distintas –y, a menudo, contrapuestas– clases de objetivos ideológicos. Tratando de salvar la papeleta, los teóricos ideológicos del populismo recurren a la división desarrollada por Michael Freeden, quién diferencia entre ideologías “gruesas” y “finas”. No me extenderé, por razones obvias, sobre el contenido teórico de esta clasificación. Para lo que nos interesa bastará con señalar lo siguiente: mientras las ideologías “gruesas” (como el socialismo o el liberalismo) son capaces de articular un programa coherente y omnicomprensivo, las ideologías “finas” (como el populismo) necesitan recurrir a ideologías complementarias para lograr dicho objetivo. En este sentido, cabría argüir que –apoyándonos en la distinción más común del fenómeno–, de un lado, la ideología de los partidos populistas de izquierda (como Syriza) constituye el resultado de la suma entre populismo y socialismo o, si se prefiere, socialdemocracia[2]. Del otro lado, el núcleo ideológico de los “partidos populistas de derecha ” (como el FIDSZ húngaro) estaría formado por la conjunción de tres elementos ideológicos: populismo, nativismo –entendido como una suerte de nacionalismo xenófobo– y autoritarismo (Mudde, 2016:296). En síntesis, desde la óptica de la corriente ideológica, todos los populismos, sean del tipo que sean, parten de un denominador común (ideológico): el antiliberalismo. A partir de ahí, cada cual añadirá diferentes objetivos en función de la ideología complementaria que incorpore.

Alexis Tsipras, dirigente de Syriza

Por su parte, el enfoque estratégico hunde sus raíces en la teoría política desarrollada, en su origen, por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, quiénes, bajo el paraguas del movimiento posmoderno, teorizan una concepción antiesencialista del fenómeno populista. Según esta corriente teórica, el populismo es “un discurso anti statu quo que simplifica el espacio político mediante la división simbólica de la sociedad entre ‘el pueblo’ y su ‘otro’” (Panizza, 2009:13). Cabe destacar tres elementos de esta definición: primero, el populismo es forma, no contenido, o, dicho de otra manera, el populismo es estrategia, no ideología. Segundo, el populismo constituye un tipo concreto de estrategia: aquella que, mediante la articulación discursiva, reconfigura el terreno sociopolítico en dos bandos antagónicos: pueblo y élites. Por último, y como consecuencia de este giro hacia lo procedimental, la estrategia populista de dicotomización social es susceptible de adoptar diferentes contenidos político-ideológicos. En este sentido, retomando uno de los ejemplos anteriores, cabría señalar que, por ejemplo, Syriza es un partido que, mediante una estrategia discursiva populista, articula una ideología socialista/socialdemócrata. Por lo tanto, que un partido sea o no antiliberal no depende de la estrategia discursiva que adopte –sea ésta populista o pluralista[3]–, sino de los objetivos ideológicos que, mediante la misma, articule.

Ernesto Laclau

Ahora, tras haber presentado ambas concepciones, se torna imperativo responder a una segunda pregunta: ¿cuál de las dos definiciones es la correcta? En función de la argumentación expuesta, la respuesta parece clara: el populismo es una estrategia discursiva, y no una ideología. Dos razones apoyan esta postura: en primer lugar, desde un punto de vista teórico, la potencial –y de facto existente– contradicción entre los objetivos ideológicos que profesan los distintos partidos categorizados como populistas vulnera la condición sine qua non definitoria del propio concepto de “ideología”: la coherencia (Gerring, 1997)[4]. ¡Ojo!, coherencia no comporta relación de igualdad entre las partes, sino de similitud. En la praxis, por razones contextuales y/o de los actores involucrados, no existen dos partidos iguales. Es decir, siempre cabe encontrar un cierto grado de disparidad entre partidos de la misma familia. Disparidad, que no contradicción. En este sentido, parece evidente que entre los populismos de izquierda y los de derecha no es posible encontrar, más allá de una estrategia discursiva común, similitud ideológica alguna. No hay, pues, coherencia, sino contradicción. En segundo lugar, si descendemos de la teoría a la praxis, observamos que las consecuencias institucionales de los dos grandes tipos de populismos –obviamente, tras su paso por el Gobierno– distan mucho de conformar un patrón antiliberal. Si comparamos dos casos paradigmáticos recientes, el de Syriza en Grecia y el del Fidesz en Hungría, utilizando para ello los datos de Freedom House, observamos que: en primer lugar, en el caso griego, no solo no se ha retrocedido, sino que, durante el gobierno de Syriza (2015-2019), el país ha mejorado sus resultados en el índice de derechos políticos y libertades civiles[5]. En segundo lugar, por lo que al caso húngaro se refiere, encontramos una evolución diametralmente opuesta. Durante el gobierno del Fidesz el país ha descendido de categoría en dos índices: por un lado, respecto al indicador de derechos políticos y libertades civiles, Hungría ha pasado de ser un país “libre” a un país “parcialmente libre”, y, por el otro, en cuanto al indicador de democracia, ha descendido desde la categoría de “democracia semiconsolidada” a la de “régimen híbrido”. Si bien, por razones de espacio, el análisis dista de ser exhaustivo, parece razonable concluir que el populismo no es una ideología antiliberal, sino un “modo de articulación” (Laclau, 2009:53) de contenidos político-ideológicos a disposición de cualquier actor político interesado. Que el actor en cuestión sea o no antiliberal dependerá, en última instancia, de la ideología que profese.

Recapitulemos. El populismo (1) ni es algo nuevo, (2) ni es una ideología (3) ni, mucho menos, equivale a demagogia. El populismo es una estrategia discursiva que permite rearticular el terreno de juego sociopolítico en favor propio. En este sentido, parece evidente que la dicotomía pueblo-élites siempre comportará un mayor potencial interpelativo que el de cualquier posicionamiento en el eje ideológico. No obstante, debemos tener en cuenta que construir identidades más amplias suele conllevar un alto precio: la reducción de la intensidad de los vínculos intragrupales. En otras palabras: si bien la ambigüedad de la estrategia populista permite conectar con un mayor número de personas –al fin y al cabo, ¿quién no es susceptible de entrar en la categoría pueblo?–, no es menos cierto que dichas conexiones se sostienen sobre bases más bien débiles y precarias. Esto explicaría, entre otros fenómenos, la elevada volatilidad electoral y, con ello, la inestabilidad política de los partidos que deciden articular su ideología mediante la estrategia populista.

Por Antonio Cerecedo Alberte

Referencias

[1] Que el populismo no es algo nuevo lo demuestra, entre otras cosas, la vasta literatura que trata sobre la evolución de dicho fenómeno en Latinoamérica a lo largo del siglo XX. Al respecto, cabe destacar la periodización esbozada por Martín Retamozo (2017:158), según quién es preciso distinguir entre tres fases: 1) populismos clásicos de mediados del siglo XX; 2) neo-populismos de finales del siglo XX; y 3) populismos radicales del siglo XXI.

[2] Nos encontramos ante un caso, también paradigmático, de estiramiento conceptual; en esta ocasión por partida doble: socialismo y socialdemocracia. Dado que no es el lugar para discutir sobre semejante controversia, es preferible dejar el tema a un lado.

[3] El pluralismo, que enfatiza el carácter heterogéneo y diverso de lo social, constituye la estrategia discursiva opuesta al populismo en las democracias liberales. En el caso de los regímenes no democráticos, el contrario de populismo lo encontramos en el discurso elitista, el cual, partiendo de una dicotomización simbólica semejante a la del primero, se posiciona a favor del bando contrario: las élites (Norris, 2019:983).

[4] Para una crítica más exhaustiva de la aproximación ideológica véase Aslanidis (2016).

[5] En este sentido, sin salirse nunca de la categoría de país “libre” –la máxima posible–, Grecia ha pasado de puntuar 84 (2015) a 87 (2019).

Bibliografía

Aslanidis, P. (2016): “Is populism an ideology? A refutation and a new perspective”, Political Studies, 64(1), pp. 88-104.

Gerring, J. (1997): “Ideology: A definitional analisis”, Political Research Quarterly, 50(4), pp. 957-994.

Laclau, E. (2009): “Populismo: ¿Qué nos dice el nombre?”, en F. Panizza, comp., El populismo como espejo de la democracia, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, pp. 51-70.

Mudde, C. (2016): “Populist radical right parties in Europe today”, en J. Abromeit, B. Chesterton, G. Marotta y Y. Norman, eds., Transformations of populism in Europe and the Americas, Londres, Bloomsbury Publishing, pp. 295-307.

Mudde, C. (2017): “Populism: An ideational approach”, en C. Rovira et al., eds., The oxford handbook of populism, Oxford University Press, Oxford, pp. 27-47.

Norris, P. (2019): “Varieties of populist parties”, Philosophy and Social Criticism, 45(9-10), pp. 981-1012.

Panizza, F. (2009): “Introducción. El populismo como espejo de la democracia”, en F. Panizza, comp., El populismo como espejo de la democracia, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, pp. 9-49.

Sartori, G. (2002): La política. Lógica y método en las ciencias sociales, México, D. F., Fondo de Cultura Económica.

Fotografía de: Blog.Pucp

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