El Ártico ha estado durante mucho tiempo al margen de la dinámica de las relaciones internacionales, apartado de los planteamientos geoestratégicos de las grandes potencias. Su localización geográfica, unida a su naturaleza inhóspita, mostraban a dicha región como un espacio poco atractivo para el desarrollo de políticas de elevado interés (Conde, 2016).

No obstante, el desarrollo del deshielo ártico, producto resultante del calentamiento global, combinado con el avance tecnológico, ha conducido paulatinamente a una mejora en la accesibilidad de explotación de los recursos naturales del Ártico, así como la apertura de nuevas rutas de navegación, vetadas hasta el momento por su condición polar. Este proceso de descongelación del espacio ártico ha significado en la aparición de un abanico de posibilidades en el comercio internacional pero que, a su vez, supone también el surgimiento de nuevas problemáticas que afectan a los llamados Estados árticos, en materias como la soberanía o jurisdicción en el territorio (Cinelli, 2009).

De este modo y con el transcurso del tiempo, el deshielo del polo norte se ha establecido como el agente más determinante de la reciente incorporación del Ártico en el plantel internacional, con elevadas implicaciones económicas y científicas (Conde, 2016). La abundancia de recursos energéticos y minerales de este espacio es la causa directa del interés de los gobiernos regionales por esta demarcación. Si bien la explotación de dichos recursos resulta un proceso complejo de realizar debido a la naturaleza del Ártico, el calentamiento global podría suponer la solución a dicho problema (Mackinlay, 2018).

Foto de: Foreign Policy

El escenario ártico

El Ártico se trata de una masa de agua, principalmente cubierta por una capa de hielo flotante denominada banquisa, rodeada por tierra que, delimitada por el paralelo de latitud 66º, se circunscribe con el círculo polar ártico. Su territorio concierne el 6% de la superficie total del planeta y de los 21 millones de kilómetros cuadrados que abarca su amplitud, siete se erigen como plataformas continentales localizadas a menos de 500 metros de profundidad, hecho que supone un problema en la indefinición de las fronteras árticas.

El Servicio de Inspección Geológica de Estados Unidos estima que los recursos naturales presentes en el Ártico comprenden alrededor del 30% de las reservas mundiales de gas natural y el 13% de las reservas de petróleo. Además, como ya se ha indicado en líneas anteriores, el proceso del deshielo en el Ártico también generaría la aparición de nuevas rutas marítimas, poco transitables por el momento, que conllevarían cambios en el comercio marítimo de eminente importancia. Los nuevos caminos navales surgidos del deshielo, la ruta marítima del Norte, concerniendo la amplitud costa rusa, y el paso del Noroeste, transcurriendo por la costa canadiense, supondrían una alternativa a la navegación por los canales de Panamá y Suez, así como la reducción de distancias entre el océano Atlántico y el Pacífico (Arrieta, 2020).

El Consejo Ártico está conformado por los ocho países presentes en el Ártico y se erige como una organización intergubernamental de carácter regional, cuyo cometido es el de atender a las necesarias demandas de cooperación en la zona. En ella participan otros seis Estados como miembros observadores y se pretende la representación en dicha organización de los pueblos indígenas de inuit y sami (Aizen, 2014). De esta manera, dicha organización estaría integrada por los Estados árticos: Canadá, Dinamarca, Estados Unidos, Finlandia, Islandia, Noruega, Rusia y Suecia; siendo todos ellos Estados costeros salvo Finlandia, Islandia y Suecia (Arrieta, 2018).

 

Foto de: Lospiegone

El protagonismo ruso

La elevada longevidad de la presencia rusa en el espacio ártico, unida a sus extensas labores de explotación del territorio que ha realizado, les ha conferido allí una manifiesta superioridad militar con respecto a la del resto de los Estados árticos. La tenencia de más de la mitad del territorio ártico y de aproximadamente la mitad de la población polar ártica, así como de su ciudad más habitada, Múrmansk, se erigen también como factores que incrementan el predominio ruso sobre la región (Arrieta, 2018; Arrieta, 2020).

La presencia e interés de Rusia en el Ártico se hace patente debido a la dependencia económica del país euroasiático de los ingresos procedentes de la exportación de petróleo. Así, la ampliación de su zona económica exclusiva es para Rusia objeto de gran significación, mostrándose este interés en la demanda de ensanchamiento de dicho espacio más allá de las doscientas millas establecidas en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. Este aumento conllevaría la inserción rusa en aguas árticas libres de hielo, el estrecho de Bering, el mar de Barents y el mar de Ojotsk, entrando así en disputa con la reivindicación de algunos de estos territorios por parte de Canadá, Dinamarca, Estados Unidos y Noruega. Asimismo, atendiendo a la relevancia que adquiere la ruta marítima del Norte para Rusia, destaca la reclamación de Moscú, basándose en el artículo 76 de la mencionada Convención, del dorsal de Lomonósov, cordillera submarina que se establece como un enclave geoestratégico de gran importancia debido a que el control de esta permite el control directo sobre dicha ruta marítima, encontrándose aquí el elevado interés ruso, también canadiense y noruego, por su dominio (Arrieta, 2018).

Rusia, que ratificó la Convención en 1997, fue el primer Estado en expedir un informe a la Comisión de Límites de la Plataforma Continental, en el año 2001, demandando el dominio sobre la mencionada dorsal de Lomonósov y la de Mendeléyev, que sería desestimado por la carencia de evidencias geológicas. Las reclamaciones rusas fueron persistentes y, encontrándose en frente de determinadas reclamaciones canadienses y danesas, en los años 2015 y 2016, mediante la elaboración de nuevos escritos, Moscú solicitó la soberanía sobre la cresta de Mendeléyev y el mar de Chukotka, respectivamente (Arrieta, 2020).

Si bien la situación de Rusia en el Ártico resulta aventajada con respecto a la del resto de los mencionados Estados árticos, esta ventaja no es lo suficientemente elevada como para no depender de la inversión extranjera. La falta de infraestructuras adecuadas, así como de tecnología avanzada para la explotación del espacio ártico, obligan al Kremlin a cooperar con otros gobiernos. Resulta de interés la colaboración con Beijing en el proyecto del mar de Kara, donde se prevén las intenciones de ambos países en el océano Glacial Ártico (Arrieta, 2018). No obstante, Noruega es, sin lugar a duda, el socio más importante de Rusia en el Ártico. Ambos países elaboran de forma conjunta las más relevantes operaciones de desarrollo petrolero (Aizen, 2014). La tendencia a la cooperación con otros Estados por Moscú en el Ártico encuentra una de sus razones en las elevadas dificultades técnicas que supone trabajar en esta región. En el mar de Barents, las exploraciones de recursos se emprenden de forma coordinada entre Noruega y Rusia, debido a la necesidad rusa de contar con la tecnología altamente desarrollada de Oslo. El acuerdo de explotación de recursos energéticos firmado entre ambos países, integra principios para la cooperación en el desarrollo de yacimientos submarinos de gas y petróleo (Mackinlay, 2018).

 

Los actores secundarios

Paradójicamente, la implicación de Estados Unidos en el Ártico es manifiestamente inferior a la del resto de los Estados árticos. Atendiendo a que la sectorización de la región resultaría probablemente más beneficiosa, como potencias árticas, a Canadá y Rusia, Washington se ha mostrado favorable siempre al mantenimiento del Ártico como una zona internacional (Aizen, 2014; Arrieta, 2018).

La no ratificación por parte de Estados Unidos de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, el único Estado ártico en no hacerlo, debido esto a su reticencia a ceder capacidad de decisión a la Organización de las Naciones Unidas, sitúa al país norteamericano en una posición de inferioridad, con respecto a los otros países árticos, en el momento de realizar determinadas reclamaciones territoriales en la zona. Sin embargo, Estados Unidos, aun siendo el Estado miembro menos activo en esta región, mantiene conflictos territoriales en el océano Glacial Ártico contra Canadá por el mar de Beaufort y el mar de Chukotka (Arrieta, 2020).

Con respecto al resto de los integrantes del grupo conocido como los «Arctic Five», aquellos con una mayor implicación geopolítica en el Ártico, tanto Canadá, como Dinamarca y Noruega, ya han realizado distintas peticiones de ampliación de sus respectivos territorios en el espacio ártico. Las reclamaciones de Canadá, de extensión de su territorio ártico, se emitieron, siguiendo los modos de Rusia, una década después de su suscripción de la Convención, en el año 2003. En la actualidad se encuentra en conflictos territoriales, además de los ya mencionados con Estados Unidos, con Dinamarca y Rusia por la bahía de Baffin, la Isla Hans y la cordillera de Lomonósov. Dinamarca, cuya ratificación de la Convención se produciría en 2004, remitió también un informe a la mencionada Comisión, al igual que Canadá, una década después de suscripción, reclamando cerca de 900.000 kilómetros cuadrados más allá de su zona económica exclusiva. De forma distinta, Noruega firmó la Convención en 2006 y en ese mismo año envió su petición a la Comisión. En dicha solicitud pretendía la ampliación de su plataforma continental, situándose como el segundo Estado costero ártico, sólo por detrás de Rusia. Actualmente, a pesar de ser el socio más importante de Rusia en el polo, Oslo se encuentra inmersa en una disputa con el Kremlin, debido al desacuerdo que mantienen acerca de si el derecho de igualdad de trato del Tratado de Svalbard se aplica también en el espacio marítimo (Arrieta, 2020).

Foto de: BBC

La elevada participación china en el espacio que nos ocupa resulta de gran trascendencia puesto que no se trata de un Estado ártico. Como viene aconteciendo en el resto del globo, China interactúa con el resto de los países en el Ártico mediante acciones diplomáticas, como la firma de acuerdos en las materias que le son de interés. La dependencia económica china de la importación de fuentes de energía, principalmente de hidrocarburos y de productos manufacturados, es la causa directa del gran interés que supone para Beijing su presencia en este espacio, particularmente en la ruta marítima del Norte. Su disposición en la ruta significaría para China una forma de evitar los bloqueos en el estrecho de Malaca (Arrieta, 2018; Arrieta, 2020).

Los problemas del Ártico

El cambio climático supone la aparición de nuevos elementos de interés para los Estados, capaces de provocar tensiones en el plano internacional y es que la carencia de una regulación global específica para las particularidades del Ártico, así como la inexistencia de un marco jurídico propio, ha causado el mantenimiento de un espacio dónde cada acción política por parte de los Estados en la región tiene la capacidad de generar respuestas imprevisibles. Con el incremento de las demandas regionales localizadas en el Ártico por parte de los países ribereños del océano homónimo, así como las de otros Estados interesados en la exploración de los recursos de dicho territorio, es posible plantear que sus acciones podrían alterar el actual equilibrio internacional (Conde, 2016). El veto a la presencia de la Unión Europea como miembro observador en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, es muestra de la relevancia que adquiere dicha región para los países árticos (Arrieta, 2020).

De este modo, la ausencia de una autoridad central, así como del mantenimiento de este vacío jurídico imperante en la región de forma prolongada, se erigen como elementos que hacen posible cuestionar la permanencia del actual statu quo en la zona y es que, como se ha vislumbrado en líneas anteriores, en el espacio ártico subyacen dinámicas competitivas, que ya generan fricciones entre los países implicados (Arrieta, 2018).

Por Sergio Roig Juan

 

Fotografía de: British Antartic Territory

Bibliografía:

Cinelli, C. (2009): «La cuestión ártica y la Unión Europea«, Revista Española de Relaciones Internacionales, 1, pp. 138-163.

Aizen, M. (2014): «Con el frío en el alma: la política de Rusia en el Ártico«, Nueva Sociedad, 253, pp. 150-160.

Conde, E. (2016): «El Ártico: oportunidades y riesgos derivados del cambio climático«, Revista de Occidente, 417, pp. 111-113.

Arrieta, A. (2018): «El Ártico: un nuevo espacio en el tablero geopolítico mundial«, Análisis GESI, 34.

Mackinlay, A. (2018): «Escandinavia, una geopolítica marcada por lo marítimo«, Instituto Español de Estudios Estratégicos, 10, pp. 509-524.

Arrieta, A. (2020): «La cartografía como elemento geoestratégico en el Ártico«, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, 6(1), pp. 225-242.

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