Desde que en 1991 se separara de la Unión Soviética, Bielorrusia ha celebrado seis elecciones presidenciales de las cuales ha salido siempre vencedor Alexander Lukashenko, el cual es en estos momentos presidente del país. No obstante, en estas últimas elecciones de agosto de 2020 ha surgido una ola de protestas sin precedentes que ha puesto contra las cuerdas al líder bielorruso. ¿Cuáles serán las consecuencias a corto plazo?.

Bielorrusia es un pequeño estado soberano situado en el este de Europa, comparte frontera con Rusia, Ucrania, Polonia, Letonia y Lituania, ratificando los documentos de demarcación fronteriza con esta última en febrero de 2007. Se trata de un país con una población baja (en torno a 9,5 millones de habitantes), cuya capital y sus alrededores albergan alrededor de 2 millones de personas (22% de la población total). Posee una renta per cápita baja en comparación con las repúblicas bálticas con las que comparte frontera, presentando no obstante una tasa de paro del 4% según las cifras oficiales de 2019, al mismo tiempo que ha experimentado un crecimiento por encima del 6% anual durante los últimos tres años alentada por sus fuertes lazos con Rusia.

Se trata de una república presidencialista gobernada por un presidente y la Asamblea Nacional, la cual acoge la Cámara de Representantes (cámara baja) y el Consejo de la República (cámara alta). El presidente tiene competencias para nombrar a los miembros del Consejo de Ministros que forman el Gobierno, así como a los jueces de los tribunales nacionales e incluso para disolver el parlamento, siendo estas competencias sucesivamente ampliadas a través de varios referéndums entre 1995 y 1996.

Cuando en 1991 se produjo la caída del bloque soviético Bielorrusia ya se había declarado soberana, adoptando finalmente el nombre de República de Bielorrusia el 25 de agosto de 1991. A partir de ese momento empieza un camino hacia las elecciones de marzo de 1994, de las cuales sale victorioso un hombre hasta entonces desconocido, Alexander Lukashenko, ganando la segunda vuelta con más del 80% de los votos y alcanzando una posición que ha conservado hasta la actualidad.

Bielorrusia ha sido en numerosas ocasiones catalogada como “la última dictadura de Europa”, no en vano, su actual presidente Lukashenko ha ejercido su posición de forma ininterrumpida desde las primeras elecciones de 1994. El gobierno bielorruso ha sido permanentemente señalado por los países occidentales alegando irregularidades en las distintas elecciones presidenciales que ha atravesado el país en las dos últimas décadas, así como de detenciones arbitrarias de adversarios políticos, eliminación de los límites de plazo para la presidencia o incluso del uso de la pena de muerte (siendo el único país europeo que aún hace uso de ésta). El gobierno bielorruso ha sido fuertemente criticado por violaciones de los derechos humanos, persecución de organizaciones no gubernamentales, periodistas independientes o a las políticas de la oposición.

En torno a este marco llegaron las elecciones de agosto de 2020, unos comicios en los que uno de los más firmes opositores al gobierno, Serguéi Leonídovich Tijanovski, fue arrestado y encarcelado sólo dos días después de anunciar que se presentaría a las elecciones. Serguéi criticaba abiertamente a Lukashenko y en mayo de 2020 decidió dar el salto y presentarse a unos comicios en los que no llegaría a presentarse como candidato, dando paso a la aparición de Svetlana Tijanóvskaya, su mujer, una maestra de inglés que nunca había participado en la esfera política antes del año 2020. Svetlana se convirtió en la contrincante más poderosa que jamás había tenido Lukashenko en unas elecciones presidenciales, logrando concentrar a miles de simpatizantes en sus respectivos mítines electorales y adhiriendo a su movimiento político a los anteriores rivales de Lukashenko, Babariko y Tsepkalo.

Las elecciones de agosto de 2020 llegaban en un ambiente enrarecido, en medio de una campaña electoral marcada por detenciones de candidatos (como es el caso de Serguéi Leonídovich Tijanovski), el rechazo de candidaturas de opositores carismáticos como el exbanquero Víktor Babariko y el diplomático Valeri Tsepkalo, inéditas movilizaciones impulsadas por unas crecientes aspiraciones de cambio y protestas de la oposición ante el veto de los candidatos. Ante esta situación el gobierno decidió sofocar las protestas de forma expeditiva con el uso de antidisturbios y la detención de alrededor de 250 personas.

Llegaron las elecciones y Lukashenko ganó los comicios con un 80% de los votos, quedando un exiguo 10% para la carismática Svetlana Tijanóvskaya, quien tuvo que salir del país tan sólo dos días después de las elecciones ante diversas amenazas, refugiándose finalmente en Lituania. Seguidamente comenzaron una serie de protestas en el país, las mayores desde la caída de la Unión Soviética, pidiendo una repetición de las elecciones y elevando la sospecha de amaño en los resultados que otorgaban una amplia mayoría a Lukashenko. Destacó por encima de todas la bautizada como “Marcha de la Libertad”, una manifestación que reunió a 250.000 personas en la capital, Minsk, al mismo tiempo que Lukashenko reunía a unos 30.000 simpatizantes prometiéndoles mano dura contra los que denominó “ratas”.

La respuesta del gobierno, tal y como adelantó Lukashenko, no se hizo esperar. Ante las crecientes concentraciones de opositores en las principales ciudades del país se optó por la actuación de los cuerpos de seguridad del Estado, derivando en una oleada de detenciones (alrededor de 7000) y una llamada de auxilio a Rusia, viejo aliado del gobierno, que prestó su ayuda al líder bielorruso en caso de que las protestas se acrecentaran.

Las consecuencias inmediatas de las manifestaciones han ido cambiando a lo largo de la segunda y tercera semana de agosto. En un principio, en parte acomplejado por el ruido de las masivas protestas en su contra, Lukashenko abrió la puerta a la posibilidad de un cambio en la Constitución para repetir las elecciones. No obstante, pocos días después declaró que “ni muerto” entregaría el país, cerrando la puerta a una repetición de los comicios y lanzando un órdago a la oposición, declarando que la repetición de las elecciones presidenciales supondría la “muerte de Bielorrusia como Estado y como nación”.

Mientras tanto, siguiendo el guión de los días pasados, las protestas continúan en las calles de las principales ciudades de Bielorrusia, uniéndose poco a poco nuevos actores como periodistas de la televisión pública, empresas estatales que secundan las huelgas, investigadores, hombres de negocios e incluso exministros como Pavel Latushko. La líder opositora Svetlana Tijanóvskaya ha mantenido desde Lituania conversaciones con la UE, mostrando su posición ante el Parlamento Europeo y tendiendo una mano a Vladimir Putin, asegurando que las protestas que se viven en el país “no son contra Rusia ni a favor de Rusia”, siendo consciente del enorme peso del líder ruso en cualquier cambio de la esfera política bielorrusa.

Por ahora la respuesta de la UE ha sido por el camino de las sanciones a figuras clave del régimen de Lukashenko, así como la reiterada petición de repetición de elecciones presidenciales. Por otro lado, el movimiento cívico por la democracia y contra el fraude electoral continúa ejerciendo presión sobre el líder bielorruso, el cual no ha dudado en desplegar miles de antidisturbios y decenas de vehículos blindados por las calles de la capital para reprimir las protestas. Lukashenko pretende ganar tiempo y afianzar los lazos con el Kremlin, con el cual ha acordado la refinanciación de mil millones de deuda bielorrusa como forma de apuntalar su gobierno.

A día de hoy la situación continúa en punto muerto, con la UE imponiendo nuevas sanciones, masivas protestas en las calles de Bielorrusia exigiendo repetición de los comicios y la salida de Lukashenko y Rusia apuntalando al régimen a base de apoyo militar y financiero.

Por Matías Reimers Lococo

 

Fotografía de: The National Interest

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