Yoel Meilan Pena

Barcelona se levanta ante los gritos del mórbido presidente de la Generalitat, las calles son invadidas por esteladas y el tráfico se corta ante el estruendo de “Els segadors”. Mientras tanto, Madrid calla y no responde.  Un video suave de una izquierda fuxia ha sido la única respuesta del gobierno hasta ahora, y puedo elucubrar que no habrá otra.

Pese a la condena por sedición, y no por rebelión, que posee menores penas, pese a que existe la posibilidad de un tercer grado inmediato, si así lo deciden las instituciones penitenciarias donde estarán internados (todas en Cataluña y dependientes del Parlament), pese a todo esto, Barcelona hoy se rebela. Y es que lo que no entiende el gobierno, es que no está negociando con quien pretende dialogar, sino con alguien que se encuentra de nuevo en pie de guerra y no pretende armisticio.

Esta, no es una guerra armada, no habrá sangre o alambre de espino, es una guerra de conceptos, de realidades e identidades. La Generalitat ha obtenido munición para una nueva batalla, los presos mártires del malvado estado español, y lo aprovecha, levantando a la población y recuperando la dialéctica de guerra. Poseen las instituciones, la educación y la representación social, y con eso se crea su realidad, se resignifica la historia y el día a día, tomando, poco a poco, las colinas de la percepción.  Así, las balas silban desde TV3 y las bombas del futuro se forjan en la titánica fábrica de la educación catalana, causando que la población se polarice y acepte, como dogma indiscutible, el enfrentamiento entre naciones: España contra Cataluña.

Y ante todo esto, ¿Qué hace Madrid y el gobierno ante el ataque incesante y el silbar de las balas? No hace nada, porque aún no sabe en qué guerra está. Ante la lucha cultural, la batalla política, el gobierno usa a los jueces y a la policía, combate el fuego con gasolina, tensando la situación y abogando por la misma lógica, enfrentar a una nación contra otra. Estas estrategias son inútiles pues atacan aspectos irrelevantes. No sirve de nada detener o condenar a Junqueras o Puigdemont, porque saben que sus acciones son ilegales y las defienden igualmente como legítimas. Y he aquí la clave, no se deben atacar las acciones en sí, sino aquello que las impulsa y les da fuerza: la identidad catalana frente a la española.

La construcción de la identidad catalano-española es la clave y el objetivo último que el gobierno debe tener. No se puede gobernar sobre aquellos que no desean ser gobernados, y cuando el independentismo acabe con el último bastión de sentimiento de unidad, la independencia será inevitable. Si todas las voces claman “votarem”, votarán. Para evitar esto, el gobierno debe crear un frente y combatir, en lo que diría el revolucionario Antonio Gramsci, “la guerra de posiciones”, enfrentarse en el campo de las ideas, de la hegemonía cultural.

El gobierno posee la ventaja, tanto de la fuerza, como de la autoridad y, ahora, una sentencia en firme. Desde aquí se debe partir, fomentado la reconstrucción de la catalanidad, no en el enfrentamiento, pues eso quiere la Generalitat, sino desde la unidad. El estado debe actuar de dos formas: Primero, creando sus propias instituciones, sus trincheras, que le permitan difundir la idea de que Cataluña y España deben estar unidas, y que esta región es respetada y valorada dentro de la nación.  Esto se debe hacer a través de los medios de comunicación nacionales, desde los ministerios y los organismos públicos, en un bombardeo constante, aprovechando la superioridad numérica y cualitativa del estado español frente a la Generalitat. De la misma forma, el discurso hegemónico de los medios españoles, críticos y hostiles con el independentismo debe variar y no dar pábulo a la guerra de identidades o criticar a los catalanes. Esto se debe a que de hacer lo contrario, y continuar con esta dinámica, se estarán dando justificaciones a los independentistas para atacar a España y dividir la sociedad.

El segundo punto es el sabotaje y el trabajo de inteligencia. El estado español posee una ventaja frente a la Generalitat; una mayor capacidad de actuación. Esta ventaja es fundamental, pues, aunque considero que un 155 sería inadecuado a causa de que recrudecería la situación, existen muchas otras formas de sabotear sus intentos de hegemonizar la sociedad en base al conflicto entre españoles. La respuesta de las instituciones, las grandes plataformas en redes sociales o a través de artículos y libros contrarios a su verdad.

La lucha en Cataluña no se acaba con la sentencia del Procés, ni esta cerca de hacerlo. Ahora entramos en una guerra de ideologías y de identidades. Los ciudadanos y el gobierno, si quieren mantener su nación, deberán pelear en las trincheras de la cultura y la identidad, combatiendo el enfrentamiento entre naciones con la unidad de los españoles porque, en esta guerra, se juega no solo España, sino la vida de los ciudadanos.

 

Leave a Reply